La vida entre las manos

Mi esposa está embarazada. Lleva treinta y seis semanas de gestación y el doctor le ha prescripto reposo absoluto. El gran nido –que ahora resulta realmente pequeño– es un revuelo con una madre en cama, cuatro pichones agitados por sus tareas cotidianas y el huevo de las cuarentas semanas de incubación inquieto dentro del vientre… ¡Y qué decir del padre yendo y viniendo enredado en los quehaceres domésticos!.

Cocinar resultó más sencillo de lo que esperaba. Los consejos del foro resultaron útiles a la hora de planificar el almuerzo y cena. ¡Quién lo diría!. También es muy útil el lavarropas automático, maravilla de la ciencia moderna del que mi mamá nunca disfrutó. Lástima que no tenemos lavavajillas… pero en esos detalles a veces los niños ayudan.

Entre tanto desparramo los picaflores rubíes van y vienen en las ventanas de casa. El almíbar también necesita de las tareas del improvisado amo de casa. Debe ser preparado con agua hervida y en una proporción de una parte de azúcar y tres partes de agua. Además hay que renovarlo cada tres días máximo para impedir que crezcan ciertos hongos que son perjudiciales para el ave.

En Bariloche está haciendo frío. Tenemos días de - 5º C. Las máximas fueron 7 u 8º C. Hubo tardes patagónicas, esas tardes soleadas que llenan de luz las siestas heladas y que magnifican el paisaje haciendo que valga la pena tanto frío, tanto revuelo. Una sonrisa de Dios en medio de tanto vaivén cotidiano.

Fue allí que abrimos las ventanas unos instantes para darle lugar al sol. Y allí entró un colibrí rubí al dormitorio. Allí su aleteo llenó de vida la habitación. Barullo general en el pequeño gran nido. Resultó difícil ayudarlo a encontrar la salida. Con un trapo, con una escoba, con lo que fuera intentamos indicarle la ventana pero no la encontraba. Para el colmo, otro ejemplar lo azuzaba desde afuera por un gran vidrio, así que la desesperación del pobre colibrí se multiplicaba por atacar a su contrincante, buscar una salida y escapar de nuestras miradas.

Preferimos dejarlo solo, agotando su energía para que no luchara por tantas cosas. Cuando por fin disminuyeron sus aleteos y ya no podía sostenerse en su vuelo, entonces me acerqué y lo tomé usando una tela como red. Luego con suavidad extrema busqué sus patas que él prensó en mi dedo y apreté con suavidad levantando la improvisada red. Allí apareció entre mis palmas la pequeña y magnífica ave. Su corazón latía aceleradamente, sus alas temblaban y sus ojos nos oscultaban con gran curiosidad, tal vez con miedo, no lo noté.

Mi corazón también temblaba. Tenía la vida entre mis manos; una pequeña porción de vida pero una de las más maravillosas. ¡Cuán pequeña puede ser la vida pero sin embargo es siempre bella!.

Lo miramos con atención, atinamos a sacar algunas fotos, disfrutamos de ese instante. De pronto el estupor del ave se fue desvaneciendo y recordó sus deseos de libertad, sin poder quedarse quieto comenzó a batir sus alas y querer safarse de mis manos. Me acerqué a la ventana y entreabrí mis dedos. El ave voló libremente hacia el sol de la tarde patagónica.

Lo seguimos por unos minutos y luego, él y nosotros continuamos nuestra cotidiana tarea de vivir.

15 comentarios:

mar dijo...

hermoso leer esta historia antes de salir por las calles y el frío porteño hacia el trabajo!
Un pequeño corazón de pájaro, una vida que se gesta, una familia que tiende un puente con los colibríes alumbran mis alas en este viernes
muchísimas gracias José!!!

Aldo Chiappe dijo...

Bellísimo José, emocionante.
Y que bella frase, que síntesis hermosa: "La vida entre las manos".
Me la quedo, gracias por compartirla con nosotros,
ALDO

Juan Carlos Chebez dijo...

¡Excelente!. Leer esto me iluminó un dia muy duro por problemas personales. En Misiones te dirían que el picaflor es anunciador de visitas y por eso entró a tu casa ya que sabe que alguien viene. Un abrazo

Masha dijo...

José:
¿Te dije o no te dije que escribís muy bien y tenés que seguir haciéndolo? Además me recordó que tuve un par de experiencias muy similares también con colibríes y un pichón de zorzal patagónico.
Un beso para vos y "la patrona".

Lito dijo...

Subilo al blog del COA que vale la pena.
Felicitaciones y que todo vaya bien en el nido.
Abrazo.

Juan Teloni dijo...

Realmente gozás de una sensibilidad y una capacidad para expresarla con letras, que son privilegiadas... excelente el relato!
Un abrazo.

Julia Andrew dijo...

A mí me gusta tanto como escribís que reenvío tus historias. Y lo del huala, lo tengo guardado...
Que sigas cuidando tu nido con el mismo hu(a)mor.
Saludos

Maria Teresa dijo...

¡Qué regalo tan especial nos has enviado, José! Escribís muy bien, sin duda, pero sobre todo tenés abiertos todos los poros para sentir, ver y escuchar con una sensibilidad extraordinaria.
Muchas gracias y buenas suerte con el nido alborotado.


PD. Cocinar no sólo es más sencillo de lo que parece, también proporciona un placer profundo cuando se comparte el resultado. Y eso vale la pena en cualquier caso.

Hernan Alvarado dijo...

Hola José, me encantó tu relato.. las sorpresas de un día atareado!
A tu relato yo lo pienso como un guión para un audiovisual..lástima que me falta ese mágnifico entorno gélido.
Saludos.

Martin Hardoy dijo...

Hola José:
Muy lindo relato y muy linda foto, pero mas linda es la familia que has formado.
Nada es producto de la casualidad.
Un abrazo y saludos a tu mujer.
La llegada de un hijo que ha de poblar nuestra Patagonia forjado con tus principios, es un hecho auspicioso.
Saludos

Anónimo dijo...

Hola Jose,soy Adrian Uruzuna y es un placer... Me hicstes emocionar y pare de leer para secarme las lagrimas y desempañar las gafas,senti como si estuviera viendolos. Recien acabo de dormir a mi tres pichones.

Anónimo dijo...

Magnífico relato!! Y ese Colibrí que entró seguramente es el augurio de que el pichón humano y la mamá van a estar muy bien.
Sugerencia para la próxima vez que entre un picaflor y no pueda salir. Acá me pasa seguido y uso un espejo. Se lo acerco y camino hacia la salida; ellos persiguen la imagen en el reflejo y salen tranquilamente.
Una vez me llamaron porque uno había quedado atrapado en un alpino. Al techo muy alto donde revoloteaba no llegaba con el espejo, así que corté una flor de Agapanto que son bien grandes, la rocié con agua y la levanté con el brazo. Al ver el agua el bichito se zambulló y pude sacarlo.
Se nota que sos un gran compañero y un gran padre José! Pero ¿qué cosa no?, justito todo lo contrario del Picaflor :-)

Un abrazo
Liliana

Anónimo dijo...

El tesoro más bello,cabe en las manos de un simple mortal...
Suerte José!!! Que todo salga bien!
Gerald y Sere

Guillermo Amico dijo...

Hola José,
Muy linda la nota, gracias por compartirla conmigo.
Me gusta mucho como escribís y las cosas que estas haciendo en tu blog con las aves, mil felicitaciones!
También te mando felicitaciones por tu futuro hijo.
Un fuerte abrazo

Anónimo dijo...

hermoso la historia jose