Cae el sol en Bariloche

Ayer llevamos a Camila a su primer control sano. Ya cumplió siete días de vida. Ella bajó como era esperable el diez por ciento de su peso y está un poquito amarilla, cosa entendible con la escasez de sol que hay en Bariloche por estos días.Al volver tomamos la avenida Bustillo que costea todo el lago Nahuel Huapi. Con una mirada fugaz alcancé a ver unas aves en la dársena del Puerto San Carlos.
Arriesgué y le comenté a Valeria y Camila que se trataba de un macá grande y de otro plateado, además de algún quetro que ya había observado anteriormente. Me entusiasmó la idea de ver a estas dos especies de la misma familia que habían elegido para pasar los primeros días del invierno este lugar tan cercano al corazón de la ciudad. Pero era prioritario llevar a Valeria y Camila a casa.
Saben los observadores y entenderán como es la ansiedad que nos ataca ante un posible avistaje. No dejé de planear y buscar un momento para escaparme a observar a los macáes antes de que partieran. Lo encontré hoy mismo. Mientras dejaba a Gastón, mi hijo, en su clase de guitarra fui al puerto equipado con binoculares y cámara fotográfica. Apenas llegué me di cuenta de mi error. No se trataba de dos especies de macáes. O por lo menos no en ese preciso momento. Me encontré tres biguás (Phalacrocórax brasilianus), dos macáes grandes (Podiceps major) y un quetro volador (Tachyeres patachonicus). Más allá vi una remolinera sin poder distinguir de cuál especie se trataba, algunas gaviotas (Larus dominicanus) que surcaron el cielo del atardecer y solo una posó que para mi cámara pero fue espantada por un chimango (Milvago chimango).El quetro y los biguás compartían el espacio de la dársena. Allí había observado anteriormente, al iniciarse el otoño, más de una docena de quetros alimentándose en zambullidas de casi treinta segundos. Los biguás no superaban los veinte. Los macáes son mejores aún pues llegar a estar cuarenta segundo zambullidos. Me llamó la atención que al bucear los biguás y el quetro no se superponían en sus espacios aunque consumen distintos alimentos.Los macáes se fueron acercando, uno era más oscuro, con su cuello rufo, semicopete negro y me pareció un tanto más veloz. El otro de garganta blanca que se continuaba por delante en el largo cuello, sin copete y más claro en general que el primero. Llegaron a la zona donde buceaban los quetros (se había sumado otro ejemplar) pero no abordaron la zona de los biguás.Yo me sentía un tanto fuera de lugar, pues todas las personas miraban hacia el oeste el atardecer, sacando fotos y más fotos o sentándose a contemplar ese hermoso momento. Solamente yo miraba a las aves y algún que otro turista que miraba de reojo buscando qué era lo que tanto llamaba mi atención.Los biguás seguían buceando. Me quedé pensando cómo harían para secarse preparándose para pasar la noche ya que el sol caía rápidamente. (Está haciendo entre - 1º C a - 6º C por la noche). Otro de ellos llegó volando describiendo un amplio círculo sobre la costa del lago para luego descender y aterrizar muy cerca de los suyos. A lo lejos divisé tres quetros más que hacían vigilancia en el sector de ingreso de los barcos. Los macáes se retiraban deslizándose sobre el agua con ese andar esbelto que los vuelve tan elegantes.El sol cayó sobre las montañas apenas nevadas. Se llevó su luz pintando el cielo de naranja y amarillo. Brilló con un último destello. La gaviota voló sobre el atardecer para alegrar a todos los que contemplaban el ocaso. Una pareja de enamorados se abrazaba completando la postal. Un joven caminaba sobre las piedras. Algún que otro niño buscaba la mano de sus padres. Varios turistas posaban para una fotografía. Yo disfrutaba del ocaso como un plus de mi avistaje. Me llevaron allí las aves, ellas me invitaron a ver el atardecer.

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